Cuadros de antaño, ollas sin lavar, un mantel descolorido, cortinas manchadas con el tiempo y un amplio ventanal, que por el polvo hace ver tenue la luz del medio día, son los elementos que mas sobresalen de uno de los tantos ambientes que acompañaran nuestra historia hoy. No se por qué nunca me fije con detalle en esa casa, la penúltima en la cuadra, si era tan distinta a las demás. Es grande pero poco llamativa, es antigua pero se nota algunos intentos fallidos de remodelación. No se tampoco por qué a pesar de caminar todos los días al frente de esa casa, me vine a dar cuenta, que de aquel anciano sin gracia (que permanencia de lado a lado en su mecedora ubicada en la entrada principal, todos los días después del almuerzo hasta el anocher), tengo memorizados todos sus movimientos, y son tan claros para mi, ahora que ya no esta.
Hoy, decidí entrar. Recuerdo que cuando tenía 10 o 11 años, mi madre me regañaba cada vez que jugaba cerca de esta casa. Las pelotas, las bombas, los carritos, las escondidas, las carreras, hasta las muñecas siempre terminaban dirigiéndose a esa casa, pero por tanto regaño, empecé a sentir miedo al acercarme, y con el tiempo, el miedo se convirtió en desprecio, el desprecio en indiferencia, y ahora, casi treinta años después siento una terrible curiosidad. Tal vez debí sentir esa misma curiosidad al ser muy pequeña, pero mi madre me mantuvo alejada, y no se como hizo para que la espontaneidad de una niña fuera en contra de la regla que dice “lo prohibido es atractivo”.
Hoy, tenia que entrar, era el momento; la policía se había ido, (¿que pensarían de una mujer de 40 años husmeando la casa?), el anciano esta en el hospital desde hace días, y parecía que nadie en el barrio estaba interesado en esa casa, excepto la firma constructora que la había comprado, y que quería construir un edificio de apartamentos en unos meses. Me entere por el aviso que habían puesto en la puerta: “Pronta demolición”. La casa había sido rematada; así que, al anciano le dio un infarto al saber que tenia que desalojar, y por eso, puedo escabullirme hoy, aprovechar y descubrir que hay detrás de esa fachada antigua.
La cocina era a primera vista lo más desagradable; sentí lastima, el anciano vivía solo desde que tengo memoria, y nadie lo visitaba en los últimos años (que yo me diera cuenta), así que, obviamente las condiciones de salubridad no serian las mejores; pero, ¿por que los vecinos tampoco se preocuparon?, ni mi madre, ni las amigas del barrio, con sus maridos, llenas de lujos y comodidades, no hicieron nunca alguna expedición de solidaridad con el anciano. La sala tenia pocas cosas: dos muebles de color beige, bastante deteriorados y cubiertos de algunos tejidos hechos a mano, en seguida me hicieron pensar en la presencia de una mujer en esa casa, alguna vez; también había una mesita en el centro de la sala, sobre ella había tres portarretratos, que desempolve con total delicadeza; en el primero aparecía él, al frente de la misma casa, teniendo en sus manos el letrero de “vendida” y en su rostro se veía esa alegría indescriptible, que solo irradia el ser humano cuando consigue un objetivo difícil de alcanzar. El segundo, era de un bebe a lo lejos, su rostro no se veía muy bien, sin embargo no era una foto antigua; tal vez, el anciano tenia hijos y nietos, pero ¿donde estuvieron toda este tiempo? El tercero, era una pareja, parecían estar en esa misma sala, pero esta foto estaba tan vieja que ya se habían borrado un poco sus caras; debió ser él, con su esposa.
Ahora que los recuerdos de él vienen hacia mi, las pocas veces que cruzamos la mirada no veía en sus ojos tanta vejez, solo vía melancolía, por eso, creo que su aspecto había sido producto de un sufrimiento constante, como si se hubiera resignado al abandono, como si la nostalgia le hubiera impuesto humillantes condiciones para que el pasado permaneciera presente, pero ¿qué pasado? Su edad no podría estar muy por encima de la edad de mi madre; si ella viviera, estaría cumpliendo 75 años el próximo mes. Cuando yo era adolescente, veía al hombre que vivía en esa casa misteriosa, trabajar, hacer ejercicio, entrar y salir, tenia un carro viejo y hasta amigos, pero algo guardaba para sí, tampoco era lo suficiente amigable con la gente del barrio, tal vez por eso, todos le tuvieron fastidio en su vejez; recuerdo, una vez me sonrió y me saludo, pero cuando se empezó a acercar a mi, salí corriendo con lagrimas en mis ojos, sentí mucho temor, pues él y la casa, generaban los mismos efectos en mi.
La casa, por dentro, no es muy grande como aparenta por fuera, pero los vacíos en ciertos espacios y la falta de muebles, producen una ilusión de inmensidad; pero más allá de eso, la hacen ver, decadente, monstruosa, lista para su destrucción total; ya ni el tapiz de las paredes permanece en su lugar, hasta el moho y la humedad abundan en los rincones. Ya no resistiría mucho tiempo estando ahí, así que me apresure al segundo piso, y entré al cuarto principal. Este ambiente, para sorpresa mía, era todo lo contrario de lo que había visto, estaba impecable, la cama (que era doble), las cortinas, el tapete, la pared, el armario, el baño, todo esta limpio. Pero, ¿quién haría eso?, al acercarme a las ventanas, note rastros de polvo y humedad, pero el resto, había sido mantenido arreglado y limpio, todos los días; pensé que tal vez, él no dormía ahí. Había un libro sobre la mesa de noche, era un cuento: “El Ratón de ciudad, y el ratón de campo” de Graham Percy; es extraño, pero es uno de los cuentos que me sé de memoria. Lo abrí, tenia una dedicatoria que decía: “Mundos distintos, aunque estés cerca, son mundos distintos…” No había nombres, ni firmas, solo una fecha.
Al final del corredor, había otro cuarto, este no estaba en las mismas condiciones del anterior, se notaba el descuido, el olvido. Había una cama, una mesa de noche, y un pequeño armario, sin una puerta, y con la madera astillada por las polillas; abrí el cajón, y rebozaron las cartas, tuve que recoger unas del piso. Me quede estupefacta cuando vi el nombre de mi madre como remitente en una de esas cartas, pero al fijarme bien, el remitente de todas las demás cartas, era él; empecé a detallarlas todas, y extrañamente, eran para mi madre; solo esa, que note al principio, había sido escrita por mi madre.
Sin pensar, abrí esa primero, la fecha era de hace 37 años, el papel estaba ya bastante magullado: “Antonio: lo intente, lo intente demasiado, pero es imposible, mi familia influye mucho en mi. Antes lo negaba, trataba de luchar contra eso, pero no puedo, los necesito, y mi hija, los necesita también. Las condiciones en las que estábamos viviendo no eran buenas, no eran adecuadas; todo por tu absurdo deseo de igualar tu condición a la mía, vivir cerca de ellos, no sirvió para nada, y lo único que logramos fue que se dieran cuenta de nuestra miseria, no teníamos como sobrevivir,, y sobretodo ya no soportaba la manera como me tratabas, el amor no fue suficiente. Ahora tu estas solo y puedes salir adelante, ¿no te parece lo mejor?, ¿no era lo que querías? Te escribo por que es la única manera, mis hermanos me pusieron esa condición, no me acercaré más a ti, no hablaremos, tu eres un extraño para nuestra familia; tu deseo, de ver nuestra hija creer,, es un trato, sin embargo ella nunca sabrá quien eres tu. Así que, hasta aquí llego todo, ni un paso dentro de nuestra casa, ni un paso dentro de TU casa”.
No, no podía ser verdad, mi padre había muerto, al nacer. Abrí otra carta, con dificultad esta vez, las manos me temblaban. “Lucia: Lo siento mucho, déjame hablarte, no me gustan las cartas estando tan cerca, lo que hice estuvo mal, no debí nunca alzarte la mano delante de la niña, Gabriela tiene dos años, por Dios...” ese es mi nombre, “no me la quites, déjame verla, abrazarla otra ves, no voy a estar a cuatro casas lejos de ella sin poder ser su padre, ¿cuál fue mi error?, ¿ser pobre?, ¿no darle la talla a tu familia?. Tu sabes que te amo mas que a nada, vuelve, vuelve por favor.”
Increíble pero cierto, sentada al lado de la cama de la persona que estando tan cerca de mi, pero con la que nunca cruce una palabra, había sido mi padre. Ahora entiendo tantas cosas, tanto tiempo que negué que esta casa, a pesar de aterrizarme, en el fondo me era familiar, ahora sé que había vivido en ella los primeros años de mi vida; ahora comprendo las miras del anciano en su mecedora, no era nostalgia, era amor, hacia mi. Me levante y con un poco de mareo volví al cuarto principal, no podía creer lo que estaba pasando, iba a tomar el cuento otra ves, pero escurro entre mis dedos y se abrió sin querer en la ultima pagina, “Para Gabriela Montagut, por su 6to cumpleaños”. Esta era la triste realidad. El cuento había sido devuelto, la dedicatoria era para Antonio. Las cartas también habían sido devueltas, durante mis primeros 6 años; parece que Antonio, ahora sé su nombre, se había cansado de rogar. El resto de la historia debía estar en las otras cartas que no leía aun, me disponía a hacerlo cuando un ruido me estremeció de pieza a cabeza, era el teléfono (había visto un teléfono antiguo en la sala), baje rápido, con todas las cartas y el cuento en el bolso; conteste, sin pensar en quien podría ser y que esa no era MI casa.
Gabriela: ¿Alò?
(Voz en el teléfono): Buenos días, ¿Usted es familiar de Antonio Soler?
Gabriela: (suspiro) creo que, si, si, yo soy su… hija!!
(Voz en el teléfono): Es difícil lo que le voy a decir, pero es mejor que venga al hospital, su padre sufrió otro infarto y, ya… no pudimos hacer nada, murió hace 20 minutos.
Gabriela: (titubeando) esta bien, voy para allá.
Salí de la casa, sin colgar el teléfono, sin cerrar ninguna puerta, me detuve en el portal (creo que dos o más minutos) mirando hacia el otro lado de la cuadra, hacia la otra casa que había sido mi hogar, una de las mas bonitas mansiones del barrio, que significó los años sin problemas, sin pasar necesidades, con muchas comodidades, en fin, que fue el símbolo de la austeridad que viví casi toda mi vida, acababa de perder su valor ante mis ojos; tuve a mi padre en frente, al lado, tan cerca, la parte de mi, y esa realidad me lo quito. No me sé la historia completa, volver al pasado es imposible, pero ideas de lo que “hubiera vivido, hubiera hecho, hubiera dicho, hubiera sido” vinieron a mi en ese instante, y solo pude atinar a pensar en lo difícil que es asimilar que tu “hoy” es producto de un sinnúmero de decisiones que otras personas tuvieron que tomar, sin imaginar que no solo determinaban los caminos individuales, sino de los que los rodean; mis opciones pudieron ser escogidas por otros, que tal vez tenían derecho, pero hoy, sin querer mi presente se encontró con mi pasado en esta casa, devolviéndome por fin las alternativas (que creí tener) a mis manos.
jueves, 25 de octubre de 2007
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1 comentario:
Cualquier parecido con la realidad es pura concidencia... jaja
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